LA IGLESIA ANTE LA CRISIS

Que estamos en una situación de crisis económica de alcance global que afecta de lleno a nuestro país –llámese como se quiera: estrictamente crisis, desaceleración, estancamiento, recesión…- parece un hecho tan innegable que ya nadie se atreve a ponerlo en duda. Y con la crisis brota, al menos si es analizada con sensibilidad realmente solidaria, un temor prioritario: que sus consecuencias más negativas alcancen de forma especial a los más empobrecidos. En efecto, no parece aventurado pronosticar que la crisis va a traducirse –se está traduciendo ya- en mayor índice de paro, imposibilidad creciente de hacer frente a la hipoteca, dificultades mayores para los inmigrantes sin papeles…

Parece urgente que todos los creyentes cristianos nos preguntemos en este momento qué es lo que puede y debe hacer la Iglesia de Jesús ante la crisis.

Pero esta urgencia no es universalmente reconocida. Estudios sociológicos realizados en nuestro país en la década pasada muestran que son muchos los españoles –y entre ellos no pocos creyentes católicos- que no reconocen a la Iglesia capacidad alguna para pronunciarse sobre cuestiones económicas, al pensar que lo económico no es “terreno” donde deban inmiscuirse las creencias religiosas.

La argumentación que subyace a esta postura tal vez podría formularse así: dado que la economía es una “ciencia” debe regirse en su funcionamiento de forma exclusiva por leyes propias de naturaleza científica, enteramente autónomas, sustraídas, por consiguiente, a la incidencia de cualquier instancia valorativa externa, ya sea ética o de cualquier otro signo. Se trata de una posición consonante con la concepción más netamente neoliberal, que insiste, como se sabe, en la autonomía total de la ciencia económica.

Conviene añadir que desde concepciones teológicas netamente dualistas, vinculadas, por ejemplo, a la interpretación más frecuente de la visión luterana de los dos Reinos, a las formulaciones radicales de la teología de la secularización con sus exigencias de privatización de la fe o a concepciones falsamente espiritualizadas de la vida cristiana, se llega también a la neta separación entre el mundo de la fe cristiana y el mundo de la economía.

Frente a tales posiciones el Foro “Curas de Madrid” quiere manifestar, por una parte, su convicción de que la racionalidad económica es instrumental y que, en consecuencia, tiene que orientarse a la consecución de fines positivos para los seres humanos a cuyo servicio está. Al intentar responder en tiempos de crisis a cuestiones tan decisivas como la de determinar los problemas prioritarios a resolver o la forma de repartir los costes del ajuste, consideramos que, sin negar a la economía su legítima autonomía, no puede hablarse de racionalidad económica pura, enteramente ajena al mundo de los valores.

Queremos, por otra parte, añadir desde nuestra convicción creyente que la fidelidad al Reino de Dios y su justicia que anunció y ofreció Jesús -que tiene en la bienaventuranza de los más débiles y en la liberación de los oprimidos los grandes signos de su presencia- demanda en todo momento de su Iglesia que haga suya la causa justa de los empobrecidos y excluidos y que denuncie proféticamente toda medida que se tome en perjuicio de dicha causa. Sólo así podrá acreditarse a sí misma como Iglesia fiel de Jesús.

Si la vigencia de tal demanda es permanente se hace especialmente apremiante en los momentos actuales que vivimos. Es por eso que queremos pedir a nuestros Obispos -cuyo silencio casi generalizado sobre la crisis, que contrasta con la contundencia e insistencia con que afrontan otras cuestiones, nos resulta doloroso y difícil de comprender-, a nosotros mismos y a todas las personas creyentes que quieran escucharnos, que en esta situación de crisis que padecemos nos esforcemos por recuperar la valentía profética que se necesita para correr el riesgo de ser testigos públicos de ese Reino de Justicia que Dios nos sigue ofreciendo y del que estamos llamados a ser sus servidores.

Nos atrevemos incluso a concretar más. Creemos que en el momento presente la Iglesia, es decir, los creyentes personal, comunitaria e institucionalmente considerados, debemos elevar nuestra voz, humilde y convencida, siempre en forma de oferta, sin imposición alguna, con el fin de potenciar en todos los ciudadanos y en los poderes políticos el crecimiento de la solidaridad real hacia las personas que con más intensidad padecen los efectos perversos de la crisis. Y creemos igualmente que a nuestra voz debe sumarse la movilización activa y comprometida con el fin de contribuir, por ejemplo, a que no se recorten el gasto social y los recursos destinados a la cooperación internacional, a que se eviten las subidas de impuestos indirectos y que no se reduzcan los ingresos de los grupos con menor poder adquisitivo (asalariados poco cualificados, trabajadores autónomos y pensionistas) o que no se haga recaer el peso del ajuste laboral entre los inmigrantes. Creemos, en suma, que se necesitan en nuestra Iglesia voces y acciones proféticas que ayuden a gestionar socialmente la crisis, con la mirada puesta siempre en los que tienen ya y van a tener en un futuro próximo más dificultades económicas para vivir dignamente.