ANTE LA TRAMITACIÓN PARLAMENTARIA DE LA LEY DE EXTRANJERÍA

Los miembros del Foro Curas en Madrid, fieles a nuestra voluntad de hacer una lectura creyente de la realidad en nuestra Diócesis y de testimoniar la dimensión social y política de nuestra fe, queremos poner de manifiesto algunas preocupaciones que nos suscita la tramitación en el Congreso de los Diputados de la de la reforma de la Ley de Extranjería:

1° Consideramos que uno de los puntos clave en que nos jugamos la dignidad personal, los valores sociales y la coherencia de nuestra fe es el tema de la extranjería. Sin duda alguna, el fenómeno de las migraciones va a ser "bandera discutida" en el que como Iglesia debemos tomar inequívocamente partido.

2° Suscribimos las palabras de Benedicto XVI, en su última encíclica “Caritas in Veritate” cuando señala que los derechos humanos de la persona migrante han de ser respetados por todos y en cualquier situación ( C.V. 62). Igualmente hacemos nuestra la preocupación expresada en su Nota por los Obispos de la Comisión de Pastoral de Migraciones cuando advertían de los riesgos de una regulación restrictiva de derechos que puede afectar a la dignidad de las personas extranjeras, a sus vínculos familiares o al valor de la hospitalidad.

3° Apoyamos todas las aportaciones que tratan de humanizar el Derecho y salvaguardar los derechos fundamentales de los migrantes. Nos felicitamos tanto de las iniciativas habidas desde diversas instancias de la Iglesia (entre otras, muy de alabar la sensibilidad de Cónfer-Acción Social y el rigor y concreción de las propuestas legales de Caritas Española), como de las presentadas desde otras entidades del tejido socia! solidario ( CEAR, Red Acoge, Foro para la inmigración, Plataforma Salvemos la hospitalidad, etc.). Su reacción inmediata ante el Proyecto de Ley gubernamental ha supuesto una importante revitalización de la sociedad civil y de los valores que encarna.

4° El Proyecto de Ley introduce ligeras mejoras, como el control judicial de los Centro de Internamiento de Extranjeros, la no expulsión de la mujer en situación irregular que es víctima de violencia de género y la concesión del permiso de trabajo a los hijos y cónyuges reagrupados que ahora llegan a España sin dicha autorización. Pero nos causan preocupación especial, entre otros, varios aspectos de la reforma ante los que queremos mantenernos especialmente vigilantes:

-Debemos señalar el mal momento escogido para acometer estas reformas, pues la vinculación entre crisis económica y fenómeno migratorio es un facilitador de actitudes xenófobas que beben del discurso mantenido durante mucho tiempo, como comprobamos diariamente en nuestros barrios, y que ha denunciado en varias ocasiones nuestro Cardenal-Arzobispo D. Antonio María Rouco Varela: "contemplar a los trabajadores inmigrantes desde una racionalidad meramente económica"

-Nos preocupa el serio inconveniente que puede suponer para los valores de la acogida, la hospitalidad y la solidaridad el régimen sancionador para los que altruistamente acompañan y apoyan a las personas extranjeras sin papeles. Su dureza, especialmente cuando se aplica a personas extranjeras, incorpora la privación de libertad, la expulsión y cuantiosas multas.

-Queremos denunciar la pretensión de incrementar estérilmente el dolor de las personas sin papeles, aumentando notablemente -merced a la cobertura de la Directiva Europea llamada “de la Vergüenza” y contrariando lo dicho en su momento por el Gobierno- el plazo de estancia forzosa máxima en los Centros de Internamiento de Extranjeros (actualmente 40 días). La falta de control judicial y de un sistema normativo convierten a esté ámbito en un terrible limbo jurídico.

-También nos parece peligrosa la perversión del Padrón municipal, reconvertido, sin Ley habilitante para ello, en instrumento de control y al servicio de la restricción de derechos fundamentares reconocidos por la Constitución española.

Nos parecen inaceptables las serias limitaciones a la reagrupación familiar de los migrantes y el tratamiento poco garantista de los niños y niñas no acompañados. Suponen un ataque frontal a la familia y lo que representa que no puede ser silenciado.

5° Quienes pertenecemos a la Iglesia católica encontramos en tantos esfuerzos de tantas personas y entidades nuevos motivos para seguir empeñados en construir un mundo más justo y fraternal. Deseamos sumarnos al anhelo y advertencia del Papa: “Ahora que la globalización nos hace a todos más cercanos, ¡ojalá que nos haga también más hermanos!” ( C.V. 19).

Posiblemente, en las actuales circunstancias, haya que regular de alguna manera los flujos internacionales de personas; pero habrá de hacerse respetando los derechos humanos de las personas y las familias. Y por otra parte, alguna vez habrá que regular también otros flujos internacionales: los de los mercados financieros, de las inversiones, de las evasiones y paraísos fiscales, de las relaciones asimétricas del comercio internacional, etc. etc. Estas situaciones aumentan la brecha de la desigualdad y están en el origen de las grandes migraciones.

Regular los flujos de personas y no tomar medidas efectivas para regular esos otros flujos – más allá de las declaraciones retóricas – significa de hecho cargar sobre los hombros de los más débiles los desajustes de un sistema socio-económico injusto. No se puede quedar en un mero deseo, permanentemente aplazado, la afirmación de la doctrina social de la Iglesia: “El principio del destino universal de los bienes de la tierra está en la base del derecho universal al uso de los bienes... Todo hombre debe tener la posibilidad de gozar del bienestar necesario para su pleno desarrollo. El principio del uso común de los bienes es el primer principio de todo el ordenamiento ético-social” (“Laborem Exercens”, 19; Compendio de D.S.I., nº 172)

Con nuestros hermanos y hermanas inmigrantes, con y sin papeles, tenemos ante nosotros el desafío de mostrar en nuestras parroquias y comunidades (hogar común que no pide papeles a nadie) el rostro amable de un Dios que no hace acepción de personas y quiere la comunión entre todos sus hijos (C.V. 54). Por ello, estamos convencidos de que "no se pueden poner puertas al campo" y que las migraciones constituyen un auténtico “kairós”, un gran momento de gracia en el que descubrimos en el "otro" el rostro de Dios, un impulso para relanzar el diálogo intercultural e interreligioso y la oportunidad para el desarrollo de la dimensión profética de la Iglesia. Así, con nuestros hermanas y hermanos inmigrantes, con y sin papeles, trataremos de hacer significativo el Evangelio y creíble la Iglesia a la que pertenecemos.