VENID A MI LOS QUE ESTÉIS CANSADOS Y AGOBIADOS

Y YO OS ALIVIARÉ

 

Comunicado del Foro “Curas de Madrid” en torno al documento

“Anunciad la Buena noticia. Contribuid a sanar las dolencias del pueblo” ,

con el que conmemoramos el cincuenta aniversario del inicio del Concilio Vaticano II

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Medio siglo después de que diera comienzo el concilio Vaticano II, transcurridos algo más de tres meses desde que la diócesis de Roma tiene un nuevo obispo y la Iglesia universal un nuevo Papa, y estando cerca la fecha en que el Vaticano nombre al obispo que ha de suceder en nuestra diócesis a don Antonio María Rouco Varela, los miembros del Foro "Curas de Madrid" difundimos este comunicado para presentar y resumir el contenido de un documento más amplio que con motivo del cincuentenario de la inauguración del concilio hacemos también público en estos días.

 

Lo comenzamos, porque nos parece justo y oportuno, recordando a Juan XXIII. Cuando el 11 octubre de 1962 en el discurso inaugural de tan magna asamblea invitó a los obispos reunidos en la basílica de San Pedro a poner al día a la Iglesia, el mundo entero le escuchó con asombro y expectación. Un papa, al fin, instaba a hacer lo que desde varios siglos atrás muchas y muy diversas voces venían pidiéndole a la Iglesia. El resultado de tal empeño, contemplado con el desapasionamiento que proporciona el paso de los años, creemos que puede ser calificado de ambiguo. A fin de que los documentos fueran aprobados con mayorías muy amplias, tanto los padres conciliares que eran partidarios de la actualización eclesial como los que la temían hicieron abundantes concesiones. Fruto de ello es que con cierta frecuencia los textos recogen aparentemente armonizadas posiciones teológicas claramente contrapuestas. Disuelta la asamblea conciliar, el consenso no tardó en saltar por los aires. Pronto los llamados progresistas quisieron llevar los cambios más allá de lo aprobado, al tiempo que los conservadores , aparte de poner el grito en el cielo por tal modo de proceder, se fueron organizando para impedir que siguiera adelante lo que consideraban un completo desvarío y para lograr que acabaran prevaleciendo las posturas que ellos habían defendido en los debates y de las que los textos conciliares también se hacían eco. Muerto Pablo VI, primero Juan Pablo II y más tarde Benedicto XVI apoyaron este modo de actuar.

 

Tres décadas y media después de que la cabeza de la Iglesia católica hiciera esa opción, los miembros del Foro seguimos creyendo, y deseamos afirmarlo públicamente, que fue una decisión equivocada, que no sólo no ha logrado frenar el vaciamiento de los templos ni el desprestigio de la Iglesia, sino que los ha incrementado. Y, ahora que estamos estrenando un nuevo pontificado, manifestamos nuestro deseo de que, bajo la dirección del papa Francisco, los católicos, incluidos los de nuestra diócesis, no sólo retomemos la senda de la reforma sino que la llevemos más allá de donde el Concilio Vaticano II la dejó, porque aquella puesta al día, cincuenta años después, es ya en muchos e muy importantes aspectos un ayer que pasó .

 

 

- I -

Reflexiones sobre qué tipo de reformas debería llevar a cabo la Iglesia en lo que tiene que ver con el mensaje que anuncia

 

 

Dos de los aspectos en los que el retorno a la senda de la reforma y el avance por ella nos parece más necesario y urgente son el del modo de proclamar el mensaje religioso en el que la Iglesia cree y sobre el que se fundamenta y el del contenido concreto de dicho mensaje. Teniendo derecho a difundirlo y a tratar de conseguir que otros lo asuman como propio, creemos que, por la propia naturaleza del mismo, ha de darlo a conocer con humildad intelectual, sin engreimiento, renunciando a su multisecular propensión a presentarlo como la única y completa descripción acertada de cómo es Dios y de cuál es su voluntad. Ambas son cuestiones sobre las que a día de hoy existen múltiples razones para afirmar que no está a nuestro alcance conocer cuál sea su verdad plena e inmutable. No tener en cuenta esto hace que nuestra pretensión de ser escuchados como portavoces del único discurso espiritual digno de crédito suene a desmesura.

 

No basta, sin embargo, con evitar esta conducta para obtener si no la acogida al menos la atención de nuestros interlocutores, es preciso también que introduzcamos cambios en el contenido mismo del mensaje que anunciamos. El paso del tiempo ha hecho que haya experimentado un enorme crecimiento en extensión y en complejidad. Y a la vez que esto ocurría en determinados aspectos se ha alejado de lo que había sido la doctrina difundida por las primeras generaciones de cristianos. A lo que hay que añadir algo que a la luz del saber que las diferentes ciencias han ido acumulando siglo tras siglo hoy se aprecia con claridad, que en todo este proceso, incluso desde los mismo orígenes, dio cabida dentro de él a ideas, creencias y prácticas relativas a la fe y a las costumbres cuya certeza teórica y conveniencia moral no pueden seguir sosteniéndose. Creemos por ello que antes de salir a proclamar en la plaza pública con humildad intelectual nuestro credo, hemos de simplificar y depurar su contenido concreto, haciéndolo girar principalmente en torno al Jesús histórico y a la imagen que de Dios y del modo de venerarlo tuvo por verdadera e invitó a asumir. La imagen de un padre bueno, que no espera de los seres humanos ofrendas y sacrificios, sino una vida vivida con la esperanza y la libertad que proporciona sentirse hijos suyos amados en vez de siervos que han de obedecerle en todo para evitar su castigo, y en permanente actitud de respetar a todos y de ayudar a los más necesitados a que su vida pueda desarrollarse del mejor modo posible. Todo ello hecho desde la firme la convicción de que ese es el camino que les conviene seguir a los seres humanos para lograr que la vida en sociedad sea pacífica, fecunda y dichosa.

 

 

 

- II -

Reflexiones sobre qué tipo de reformas debería llevar a cabo la Iglesia en su organización interna y en su funcionamiento

 

Desde este modo de ver las cosas, desde el convencimiento de que la Iglesia existe para profesar, practicar y propagar la fe en Jesús de Nazaret y la fe de Jesús de Nazaret , otro de los aspectos en los que su retorno a la senda de la reforma y del avance por ella se nos presenta como necesario y urgente es el que tiene que ver con la propia concepción que tiene de sí misma y con el modo de organizar y de articular su funcionamiento. Los Padres conciliares debatieron amplia y largamente estas cuestiones, pero en el texto que surgió como resultado de las mismas, la constitución Lumen Gentium , encontramos uno de los ejemplo más claros de ese consenso imposible al que nos referimos anteriormente. En su articulado se presentan como si fueran capaces de convivir armónicamente el modelo de organización y funcionamiento eclesial de corte piramidal y el modelo de corte horizontal, así como el modelo de Iglesia que trata de ser aceptada y de actuar como rectora de toda la sociedad y el modelo de Iglesia que no aspira a regirla sino simplemente a actuar en su seno como fermento que ayude a transformarla en un ámbito donde impere un mayor grado de bienestar y de justicia para todos. En los primero años del postconcilio pareció que el modelo horizontal y el del fermento acabarían imponiéndose, pero desde 1978 en adelante han sido el piramidal y el del control de la sociedad, de larga y no muy ejemplar historia, los que han tratado de abrirse paso. Estamos convencidos, sin embargo, de que fue una decisión equivocada que debe revertirse, pues, a nuestro juicio, unida a los múltiples casos de corrupción intraeclesial que han salido a la luz pública durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, ha causado más daño a la Iglesia en las tres últimas décadas que la secularización de la sociedad, frecuentemente presentada por la jerarquía eclesial como la responsable del vaciamiento de nuestros templos, que desde 1978 hasta ahora en vez de aminorarse ha seguido un ritmo de constante crecimiento.

 

Retomando, pues, la senda de la reforma eclesiológica, que la constitución Lumen Gentium dejó esbozada, para avanzar por ella e ir logrando una iglesia que se organiza y funciona como un pueblo de creyentes, iguales entre sí, que quiere ser en medio de la sociedad un fermento que ayude a crear un futuro para todos más justo y dichoso, es muy importante que la Iglesia elija bien la atalaya desde la que contempla la realidad, el observatorio desde el que analiza la situación y da forma a las soluciones que propone para mejorarla. Creemos en este sentido que ha de hacerlo tratando de contemplarla desde el punto de vista no de quienes lo tienen todo sino de los pobres, de los que sufren, de los maltratados, de los excluidos. Teniendo en el horizonte como meta a conseguir un estado de cosas en el que, a diferencia de lo que muchas veces ha ocurrido y ocurre, prevalezca la libertad de las personas frente a la esclavitud a la que algunos quieren someterlas, valiéndose incluso de leyes que dicen Dios ha dado y manda cumplir. Queriendo asimismo que prevalezca la ayuda al hombre o la mujer necesitados frente a cualquier otra obligación que se presente como más urgente e importante, incluso si se trata de una obligación de tipo religioso. Deseando también que el compromiso en favor de los pobres se anteponga al temor que a algunos suscita acercarse a ellos y, más aún, al desprecio, incluso fundado en razones religiosas, con que algunos los miran y tratan.

 

Situada en esa perspectiva, enjuiciando y afrontando la situación desde ella y teniendo como objetivo el mejoramiento de las condiciones en que se desarrolla la existencia de los más menesterosos, colocada junto a ellos, en los márgenes de la sociedad, no en las altas esferas del poder, del lujo y la riqueza, y alzando con libertad su voz profética para defenderles y denunciar a quienes les hacen sufrir, creemos que la palabra y la acción de la Iglesia pueden empezar a ser de nuevo palabra y acción portadoras de sentido para muchos de nuestros contemporáneos, como lo fueron para mucha gente en otros momentos de su larga historia. Pero esto no basta para conseguirlo del todo. Es necesario y urgente, a nuestro juicio, que la Iglesia comience y haga avanzar a buen ritmo su transformación en una comunidad organizada y funcionando según el modelo horizontal, al que ya nos hemos referido, en el que se implante y funcione realmente lo que podríamos llamar “el estatuto de igualdad” de sus miembros. Un estatuto que valore y aproveche, en lugar de temerla y de reprimirla, la diversidad de los católicos. Un estatuto que deje de excluir del acceso al desempeño de las funciones de presidencia y de gobierno de las distintas comunidades y de la toma de decisiones de carácter doctrinal y organizativo a las mujeres, que son más de la mitad de sus miembros, así como a una buena parte de los varones, a los que también que niega el acceso al sacerdocio y lo que ello conlleva por haber contraído matrimonio o si han hecho pública manifestación y ejercicio de su homosexualidad.

 

Como consecuencia lógica de este cambio de paradigma eclesial, habría que renunciar a todo aquello que induce a los miembros de la jerarquía eclesial a creer que son personas con una dignidad mayor que la del resto de los católicos y a reclamar para ellos en exclusiva títulos y dignidades que poco tienen que ver con la misión pastoral que la Iglesia les encomienda. En esta línea, creemos que ha llegado ya el momento de que el Papa renuncie a su condición de Jefe de Estado y deje de actuar como tal, suprimiendo, entre otras cosas las nunciaturas, y dejando de ostentar y de conceder a otros para que también los ostenten pomposos títulos que marcan y exhiben una supuesta superioridad incompatible con lo que al respecto enseñó el propio Jesús.

 

- III -

Nuestras propuestas sobre las celebraciones litúrgicas y la acción de la Iglesia en la sociedad

 

"La gloria de Dios: que el hombre viva"

 

Al organizarse y actuar del modo que venimos describiendo, la Iglesia, contrariamente a lo que algunos católicos pueden pensar, no se desvía ni desvía a sus miembros de lo que, según ellos, debería constituir la esencia de la espiritualidad de los creyentes en Jesús y en la fe que nos transmitió. Es cierto que durante mucho tiempo se entendió y enseñó que lo más propio de la espiritualidad cristiana era rendir culto a Dios en la liturgia, recibiendo en ella el cúmulo de gracias necesario para poder caminar hacia la santidad, que se concebía sobre todo como una tarea personal de transformación interior, en línea con lo que sugiere la frase "ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20). Pero sin desautorizar estas prácticas el concilio Vaticano II, a través de la constitución Gaudium et Spes , manifestó su voluntad de que se incluyera también dentro de lo genuino de la acción cristiana el compromiso personal y colectivo de los católicos por conseguir un mundo más justo, en el que cada vez sea mayor la proporción de personas que vive con dignidad y de forma saludable y dichosa. En las últimas tres décadas, sin embargo, el acento se ha vuelto a poner en el culto a Dios y en la transformación individual. Creemos, sin embargo, que esto también debe ser enmendado. Este es otro de los aspectos en los que el retorno a la senda de la reforma eclesial iniciada por el Vaticano II y el avance por ella nos parece necesario y urgente.

 

En línea con lo que ya había sido enseñado por algunos profetas de Israel, como Isaías, Oseas o Amos, Jesús de Nazaret, con palabras y obras, dejó claro que en lo tocante a honrar a Dios la práctica de la misericordia era a su juicio mucho mejor manera de hacerlo que a través de la multitud de ofrendas y sacrificios que la religión judía de entonces mandaba realizar para tal efecto. La Iglesia ha de retomar y seguir esa senda. No le quitamos importancia a nuestras celebraciones litúrgicas, aunque sí al afán de los liturgistas por uniformarlas y encorsetarlas mediante el cumplimento estricto de las rúbrica rituales previstas. No despreciamos en absoluto la búsqueda, siempre difícil y nunca completada, del “encuentro” con Dios a través de la oración vocal o contemplativa. No nos parecen carentes de sentido y de razón de ser los esfuerzos de cada cristiano por crecer en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres. Pero en estos momentos concretos por los que está pasando nuestra sociedad, nos parece de la mayor importancia que la Iglesia, como institución y a través de la acción de sus miembros, considerándolo parte fundamental de su deseo de honrar a Dios, contribuya a aliviar las perniciosas consecuencias que está teniendo para muchas personas en el mundo entero la tremenda crisis económica que ha generado el desmedido afán de enriquecimiento personal de un poderoso y reducido grupo de personas sin escrúpulos.

 

A tal efecto, y como respuesta a lo que vemos que está pasando, concluimos estas reflexiones en torno al concilio Vaticano II ofreciendo algunas propuestas concretas de acción. Frente al fetichismo del dinero y la dictadura de una economía sin un rostro y un objetivo verdaderamente humano, proponemos que la Iglesia trabaje para cambiar las estructuras económicas políticas y sociales que fomentan y perpetúan la injusticia y la desigualdad entre las personas y las naciones. Frente al uso que de su inmenso poder hacen muchos de los grandes millonarios de la tierra para lograr que las leyes civiles contribuyan a conservar e incrementar sus privilegios, proponemos que la Iglesia haga lo posible por conseguir que en las naciones se implante y funcione una democracia real, en la que la opinión de las clases más desfavorecidas sea también escuchada y tenida en cuenta y en las que se busque el bien común, promocionando al que menos tiene y a aquellos a los que las circunstancias de la vida han colocado en un estado de gran desvalimiento e ineludible necesidad de amparo. En esta línea y frente a los movimientos xenófobos, proponemos que la Iglesia defienda y contribuya a que la sociedad encuentre la forma de articular el derecho de las personas provenientes de las naciones más pobres, injustas y violentas de la tierra a buscar y a terminar alcanzando condiciones de vida más dignas. Proponemos que fomente, como un bien, la interculturalidad. Y que en vez de tratar de alcanzar privilegios para los creyentes católicos, promueva la existencia de sistemas jurídicos aconfesionales, laicos, que reconozcan y articulen la diversidad religiosa e ideológica, de forma que, excluidos los fanatismos, no se pierda sino que se consolide la paz social y la mutua colaboración de unos con otros en busca de un verdadero progreso material y espiritual.

 

 

Foro “Curas de Madrid” - 3 de julio de 2013