LOS CRISTIANOS ANTE LA CRISIS

Lectura introductoria. Lucas 16 / 1-9

Queridos amigos: pareciera que la crisis en la que nos encontramos fuera el resultado de que numerosos economistas y contables se hubieran tomado demasiado en serio la lectura que acabamos de escuchar, popularmente conocida como “la parábola del administrador injusto”. Su significado es controvertido para los exegetas y debió generar tal malestar en el redactor final del evangelio de Lucas, que se vio obligado a añadir un par de versículos que, aunque a primera vista intentan aclarar el sentido de la parábola, en realidad nada tienen que ver con su contenido o, en todo caso, van en contra. Con todo, no creo que los mayores responsables de la crisis hayan pecado de excesivo celo religioso, como no sea al conocido dios Mammon.

La exposición que voy a desarrollar presupone el trabajo que habéis realizado en una sesión anterior. Es decir, no voy a explicar la crisis económica en sus causas, desencadenamiento y consecuencias –algo que ya habéis analizado-, sino que voy a intentar compartir con vosotros algunas intuiciones respecto a cómo los cristianos debemos situarnos ante esta nueva y dolorosa situación. En todo momento tendré en cuenta vuestra responsabilidad como curas y, por lo tanto, las funciones que realizáis: predicar en la homilía, dirigir retiros, animar la formación de los cristianos, atender a las personas con necesidad en los despachos de Cáritas, etc.

Como es obvio todo lo que voy a proponer en esta charla no tiene más valor que el de la sugerencia personal y, probablemente, pueda haber muchas formas diferentes de responder cristianamente a una situación como la actual. Sí que querría aclarar, de todos modos, que a mi me preocupa especialmente que nuestra manera de actuar como cristianos contribuya a tres finalidades: que sirva de ayuda efectiva –aunque modesta- a quienes son víctimas de la crisis; que se sitúe en el terreno del realismo –tanto por lo que se refiere a nuestros recursos, como por lo que se refiere al lugar en el que se generan los problemas y en el que tienen que partir las principales soluciones- y que, por el modo y contenido de nuestra acción permita contribuir a encontrar una presencia positiva y significativa de la Iglesia en nuestra sociedad democrática y plural, aportando, en todo caso denuncia, consuelo y esperanza. Nuestra aportación habrá de juntarse a la de tantos hombres y mujeres de buena voluntad como viven entre nosotros.

1.- TENTACIONES DE LOS CRISTIANOS ANTE LA ECONOMÍA

Como persona que tiene cierta formación económica percibo frecuentemente entre los cristianos unas aproximaciones al mundo económico no demasiado acertadas. Por eso, me parece oportuno comenzar por identificar alguna de ellas, para que tratemos de evitarlas en la práctica pastoral. Posiblemente los aquí presentes podríais descubrir muchas otras.

-Moralizar y personalizar en exceso el análisis:

Se nos ocurre buscar enseguida quién es e1 culpable. Sin embargo, casi siempre en economía hay causas sistémicas, estructurales, objetivas que tienen una importancia mayor. Hay unos mecanismos propios del funcionamiento económico que no dependen de las voluntades individuales y que necesitamos saber analizar para situarnos en la realidad del mundo económico que tiene su lógica propia.

- Dar prioridad a lo “micro” y los efectos frente a lo “macro” y las causas:

Es bueno y necesario tener sensibilidad para las situaciones cercanas, concretas, para las consecuencias que los grandes problemas originan en la vida de las personas, pero, al mismo tiempo, hay que saber interpretar estas situaciones en el contexto global y reconociendo las causas que las originan . Actuamos a menudo como “bomberos” apagafuegos sin analizar los porqués que los producen.

- Sentirnos "responsables'' o "salvadores" en estas situaciones:

Nos colocamos, frecuentemente, con un exceso de responsabilidad personal que nace muchas veces de la mejor intención pero que no resulta positivo ni realista. Como si todo dependiera de nuestro compromiso individual, actuamos únicamente como “benefactores” o “ayudadores” que quieren solucionar los problemas de la humanidad. Ello nos hace pasar de la euforia –si resolvemos los problemas de los demás- a la depresión –si no podemos hacer casi nada-.

- Criticar-desconfiar-responsabilizar a los políticos y al "sucio dinero":

Desconfianza por principio ante los empresarios, los políticos ... como si por el mero hecho de serlo ya fueran corruptos. Nosotros, en cambio, nos situamos como los “puros”, que no se manchan con el “vil dinero”o el poder. Olvidamos que muchas veces las situaciones son complejas y sus protagonistas han de elegir, no entre lo malo y lo bueno, sino entre lo malo y lo peor, o tomar decisiones sin saber si son correctas o no.

-Pecar de ingenuos, voluntaristas o utópicos ante estos desafíos:

Creer que la realidad se puede mover según nuestros deseos. La realidad tarda mucho en ser modificada y, a veces, lo hace por mecanismos que no controlamos. Esto, que ocurre en todo el ámbito social (cultura, política, tecnología, etc) vale especialmente para el mundo económico, donde las instituciones y los intereses en juego son muy difíciles de transformar.

- Legitimar acríticamente el orden vigente:

Se trata, en primer lugar de una constatación sociológica: existe una clara correlación en nuestro país entre las personas que se definen como más religiosas y las que se autoposicionan políticamente en la órbita conservadora o liberal. Creer que el único horizonte teórico y políticamente posible es el orden económico realmente existente. Sacralizarlo como si fuera algo legitimado por la ciencia económica y calificar cualquier otra alternativa como pura fantasía sin base científica. No deja de resultar sorprendente este dato, cuando somos discípulos de Jesús de Nazaret, una persona extraordinariamente libre, critica, utópica y solidaria.

Como actitud más adecuada ante las situaciones complejas como la actual puede valer el consejo filosófico de Spinoza: “Ni reir, ni llorar, ni detestar, simplemente comprender”.

2. UN ACERCAMIENTO SIMBÓLICO: LA ANALOGÍA DE LA CIRCULACIÓN

Hagamos, pues, un esfuerzo de comprensión. El funcionamiento del tráfico puede ayudarnos a entender un poco los mecanismos de la economía :

De entrada, la existencia de vehículos habría de considerarse positiva: se trata de un avance técnico que facilita las comunicaciones. Lo mismo sucede con los mecanismos creados para el funcionamiento de la economía: la Bolsa, los contratos, los mercados, etc. Los Mercados de futuros, por ejemplo, se crearon a finales del siglo XIX para dar seguridad a los agricultores: así podían saber los recursos que obtendrían -al tener un precio fijado- antes de poder disponer de su cosecha; luego han derivado en ocasión para especular. Hoy sólo uno de cada cien contratos sirve al objetivo inicial.

Los daños inevitables causados por la circulación (fallos mecánicos, despistes inevitables, mala suerte, etc) no deberían llevarnos a eliminar los coches para garantizar que no hubiera accidentes. Habrá que encontrar otras medidas que nos permitan seguir disfrutando de las ventajas del automóvil, minimizando sus peligros. Del mismo modo hay que reconocer que las crisis económicas son inevitables en el capitalismo (y en los demás sistemas económicos conocidos), más allá del acierto o desacierto de los agentes económicos. Por ello deberemos estar preparados para afrontarlas

Pero, en los accidentes, intervienen también otros factores como la señalización, las normas de circulación, el estado de las carreteras, la errónea aplicación de las normas de tráfico, los comportamientos irresponsables o temerarios de los conductores ... Lo mismo ocurre en la buena o mala “circulación de la economía”. Intervienen, por ejemplo, las instituciones reguladoras, la vigilancia e inspecciones de las autoridades, los comportamientos irresponsables e ineptos, etc. etc. Para las autoridades públicas, es importante no desentenderse de la marcha de la economía y, al mismo tiempo, no encorsetar demasiado su funcionamiento, de manera que se bloqueen los mecanismos y estímulos para impulsar la actividad productiva. Aunque, en la medida en que el comportamiento de los actores económicos (directivos, contables, reguladores, inversores, etc) también pueden desencadenar desastres económicos cuyos efectos golpean con frecuencia a los más débiles que no tienen responsabilidad alguna en el origen del problema, resulta preciso analizar también si las reglas son acertadas y si se aplican correctamente, algo que compete a las administraciones públicas.

3.- EL CAPITALISMO ACTUAL: ENTORNO ECONÓMICO Y ACTORES SOCIALES

Las crisis son normales en el desarrollo de la economía, igual que lo son las enfermedades en el cuerpo humano. Cuando hay, por ejemplo, un exceso de demanda porque la gente tiene más recursos para mejorar su nivel de vida, automáticamente suben los precios y se presentan otro tipo de complicaciones: endeudamiento, empobrecimiento subsiguiente , etc. etc. ... Contando con esta realidad, lo que hay que hacer es saber afrontar los problemas que se van presentando. Para hacer un juicio ético sobre el modo en el que se resuelven las turbulencias económicas conviene diferenciar el comportamiento de los distintos agentes económicos cuyas responsabilidades son muy diversas distintas y que se encuentran sometidos a restricciones, intereses y posibilidades de actuación muy diferentes.

En este sentido, los gobiernos pueden manejar mejor o peor las crisis, pero a menudo no pueden controlarlas; no son sus causantes, ni disponen de una “poción mágica” para resolverlas. Su resolución, además, como la curación de las enfermedades, suele llevar su tiempo, lo que complica la vida a los políticos ya que ellos necesitan presentar resultados a corto plazo por razones electorales.

Los empresarios , por su parte, funcionan con la lógica del beneficio privado. Cuando las circunstancias se ponen difíciles, también se ponen difíciles para ellos, para mantener un margen suficiente de beneficio sin el que la empresa no puede competir y sobrevivir. Aunque también es verdad que a veces toman medidas que no se justifican por sus resultados contables, aprovechando el contexto de crisis general.

En cuanto a los trabajadores y su lógica sindical también cabe hacer algunas consideraciones. En los momentos de crisis los sindicatos suelen ver mermadas sus fuerzas. Ya que defienden prioritariamente a los que trabajan y en estas situaciones, su número desciende. Por otra parte, ante situaciones laborales tan diversas, no resulta fácil con frecuencia encontrar plataformas reivindicativas comunes.

Los ciudadanos , en general podemos situarnos ante la crisis como trabajadores, como consumidores, como ahorradores, como votantes ... Según que personalmente prioricemos uno u otro papel, podemos actuar de manera diferente, defendiendo unos u otros intereses. Cabe gestionar los mismos problemas objetivos teniendo en cuenta la situación global y buscando una respuesta colectiva y solidaria o reaccionando con un “sálvese quien pueda” de corte individualista.

4. ¿ QUÉ DEBEMOS HACER, HERMANOS ?

Teniendo en cuenta todos estas orientaciones, ¿qué podemos, qué debemos hacer como ciudadanos cristianos?

a.- Asumir una actitud profética.

Nosotros, como cristianos no tenemos una competencia política-partidista específica, ni la responsabilidad de gobernar. Los políticos y nosotros, (como políticos, si lo somos, o como ciudadanos participantes de la vida política ), tienen-tenemos una función específica elaborando un discurso que asuma ciertos valores y proponiendo unas determinadas medidas de política económica. Tampoco, por ser cristianos, tenemos mayor competencia económica en el terreno científico. Nuestra palabra cristiana primera no es, por tanto ni técnica (en lo económico) ni partidista (en lo político); no se puede ni se debe avalar o impugnar religiosamente el conjunto de medidas anticrisis que son discutibles en sus términos más concretos para la ciencia política o la económica. Pero sí se pueden discernir, a la luz del Evangelio y de su finalidad humanizadora, las alternativas que políticos y expertos nos ofrezcan.

La actitud profética que nace de nuestra fe nos ha de mantener lúcidos, realistas, conociendo la situación, vigilantes, con espíritu crítico para saber discernir si las perspectivas de análisis, las orientaciones y las medidas que se adoptan en la práctica están o no al servicio de la persona, de todas las personas y grupos humanos, principalmente de los más empobrecidos. Porque, si bien es cierto que en economía no se puede hacer sin más lo que uno desea de un modo voluntarista, también es cierto que ante los problemas económicos caben siempre distintas terapias y que éstas distribuyen de diversa forma entre unos grupos humanos y otros, los costes de los ajustes.

La actitud profética también nos impulsa a mantener la esperanza de que Dios no abandona nunca a su pueblo e interviene en su historia. Nos mantiene atentos a las situaciones personales, concretas, que vive la gente y cómo influyen en ellos, para detectar lo pequeño, lo que no es noticia, los gérmenes de vida y de futuro, como Jesús capta el gesto de la viuda del templo, (Luc. 21 / 1-4) en medio de la gran disputa con los letrados sobre el futuro del templo.

Ver cada árbol, además de tener una visión global del bosque. Descubrir y comunicar los motivos de esperanza que el Espíritu suscita permanentemente en las personas y los grupos humanos, ante la sensación de impotencia que a menudo experimentamos cuando nos limitamos a asumir únicamente la perspectiva global. Tan realista, al menos, es una perspectiva como la otra. Es verdad: “Sólo soy una hormiga ... pero una hormiga puede cargar con un peso equivalente a cincuenta veces el suyo”.

La actitud profética nos impulsa, además, a dar prioridad al bien común, sobre todo de los que más lo necesitan, por encima de los intereses particulares y corporativos. Es la respuesta de una mujer saharahui cuando le preguntaron a qué hijo quería más y contestó: “al pequeño hasta que crezca, al enfermo hasta que sane, al viajero hasta que vuelva ...”. Mientras que la lógica política se dirige al ciudadano promedio, por razones de mayoría electoral, la lógica profética pone en el primer plano esta otra perspectiva. La de los últimos, los preferidos de Dios.

b. - Plano de la comunidad cristiana (Hech. 3 / 1-10):

La comunidad cristiana ha de realizar gestos simbólico-proféticos. El gesto simbólico-profético “da en la clave del meollo de la vida”, “es algo que conmueve”, “toca el corazón” , “denuncia y sugiere, provoca y mentaliza” “apunta en la línea de las soluciones”. Cura la parálisis de la gente y les anima a que se pongan en pie y echen a andar, al hacer manifiesta la presencia y poder del Dios de la vida. Como Pedro y Juan habremos de escuchar, “mirar a cada uno a la cara”, acompañarles y transmitirles el evangelio como una fuerza para vivir y esperar, para que analicen la realidad, la comprendan y no se culpabilicen sino que se pongan en pie y caminen, ejerzan sus derechos, se asocien, colaboren colectivamente en la búsqueda de soluciones.

Habrá que atender necesidades concretas. Pero no podemos solucionarlo todo y aunque pudiéramos, nuestro papel no es ése, sino más bien realizar gestos proféticos, cargados de significado. Jesús no curó a todos los enfermos de su tierra, pero su manera de situarse y relacionarse con algunos de ellos manifestaba la vida, la esperanza, la posibilidad de cambio que era fundamental para que todos pudieran recuperar la vitalidad y la esperanza. Sus acciones liberadoras terminaron configurando el estilo de vida de sus discípulos y el contenido de su misión evangelizadora.

c.- Plano personal:

No hemos de culpabilizarnos de manera enfermiza, ni reducir todo el análisis a actitudes moralistas e individuales, como se ha explicado más arriba. Pero, al mismo tiempo, hemos de saber reconocer las responsabilidades personales y el papel que juegan en la generación de situaciones sociales injustas para enfrentar a cada uno con su propia conciencia y educar en la conversión personal. En este sentido, la crisis está poniendo de relieve una serie de actitudes básicas ante la vida (“pecados capitales-capitalistas”) de los que todos participamos, que respiramos como nuestro aire , nuestra “matriz cultural”, aunque es claro que se personifican de manera más alarmante y con consecuencias más graves en algunos responsables económicos o políticos.

La crisis revela la extensión de los clásicos “pecados capitales” que aprendíamos en el catecismo y, en esa medida, denuncia profundas patologías de nuestra sociedad que alimenta comportamientos asentados en contravalores muy perjudiciales para el bien común y de los propios individuos. Estos pecados capital...istas podrían ser : - la obsesión-lujuria de la especulación, pues la actividad que proporciona dinero fácil y abundante crea un efecto de dependencia; - la pereza de los que tenían que haber vigilado a los agentes financieros y no se han preocupado por hacer cumplir las normas; - la envidia que alienta a compararnos e imitar al vecino, o a los que obtienen un éxito y enriquecimiento rápido y fácil; - la codicia de los que no se cansan de acumular, de los que nunca se conforman con los ingresos derivados de una actividad basad en el trabajo y el esfuerzo; - la gula de los inversores que nunca se satisfacen con beneficios ordinarios (que se sitúan entre el 5 y el 10% en cualquier actividad ordinaria) y cada vez aspiran a tenerlos más abultados; - la ira de la gente que no ha entrado en el juego y ahora va a tener que enfrentarse a los problemas (los políticos) o los va a padecer directamente sin haber tenido nada que ver con este “casino” (los ciudadanos más humildes); - la soberbia del mercado, que se ha presentado como la realidad a la que todas las demás habían de someterse, capaz de autorregularse y orientar la economía hacia el mayor bienestar colectivo. El “dios-mercado”, que ha difundido en las últimas décadas su única ley : el egoísmo individual como base de la sociedad.

d.- Orientaciones de la Doctrina Social de la Iglesia:

Aunque, como se ha dicho más arriba, no tenemos ninguna competencia política-partidista particular como cristianos, sin embargo podemos decir una palabra propia en el debate social y político. ¿Por qué, aunque la Iglesia no tenga que intervenir con propuestas de política partidista, puede decir una palabra critica, sugerente e iluminadora? Las realidades económicas y sociales no funcionan, como la física, por leyes inmutables y únicas. Aunque tienen su lógica propia y sus exigencias científicas, están también sometidas a condicionamientos humanos y sociales, a intereses personales y de grupo, cuyas perspectivas determinan también los análisis de la realidad y las medidas que hay que tomar. Los dilemas económicos admiten distintas interpretaciones y distintas tomas de postura según la perspectiva desde donde se sitúe el analista o según las prioridades del que ha de tomar las decisiones.

El escenario de teorías y prácticas, además, a pesar de los avances de estas ciencias, no es frecuentemente un escenario cerrado. A menudo, desde el punto de vista teórico y sobre todo práctico, existen distintas soluciones alternativas posibles. Se pueden adoptar una u otra según la tabla de prioridades que se adopte. Suele haber caminos distintos para conseguir un mismo objetivo; adoptar uno u otro comporta unas ventajas e inconvenientes, sus propios costes y beneficios. En economía no hay muchos dogmas; es difícil decir “la solución es ésta y sólo ésta”. Quien afirma esto posiblemente esté defendiendo algún interés particular.

En este contexto, la fe cristiana y la visión del mundo y de la sociedad que comporta, proporciona un horizonte de valores y prácticas que nos pueden orientar, junto con el conocimiento de las doctrinas y datos socio-económicos, a la hora de situarnos ante estas realidades y que nos capacitan para entrar en el debate público aportando una palabra propia. Aportar esta palabra como una fuerza social entre otras, sin pretender tener la exclusiva ni la única razón, sometiéndonos al contraste con otras opiniones distintas..

Algunas de estas orientaciones –recogidas en la Doctrina Social de la Iglesia- son conocidas para vosotros, pero resultaría bueno recordarlas, darlas a conocer en el seno de nuestras comunidades cristianas y, sobre todo, aplicarlas a nuestros discursos y propuestas:

- Prioridad del trabajo sobre el capital , del factor humano, subjetivo de la economía sobre los factores de crecimiento cuantitativo, acumulativo, técnico. Sabiendo que estos factores objetivos tienen también su incidencia en la vida humana, lo primero será ver cómo unas determinadas teorías y medidas socio-económicas influyen en la vida de las personas, de todas las personas e intentar salvar los empleos.

- Buscar el bienestar universal frente a las soluciones nacionalistas, corporativas, al encerrarse cada uno en sus propios intereses de país, de grupo. La lógica cristiana, desde sus comienzos, al menos teóricamente, siempre ha subrayado la perspectiva de “ciudadano del mundo” frente a particularismos y discriminaciones. Si a alguien hay que discriminar positivamente es a aquellos que más lo necesitan. Criterio importante en los momentos que probablemente se avecinan, en los que, ante las dificultades objetivas, habrá la tentación de encerrarse cada uno en sus intereses, de mantener nuestro nivel de vida a costa de lo que sea y de los que sean, personas, grupos, o países.

- Principio de subsidiariedad : Asumir las propias responsabilidades. No trasladar a otros lo que nosotros podamos realizar. No buscar que otros sustituyan nuestro propio protagonismo. Cada uno tiene su papel que desempeñar en los sectores y niveles donde se mueve. Será necesario volver a insistir en la participación ciudadana en las plataformas que cada uno considere accesibles. Difícilmente los responsables políticos actuarán persiguiendo el bien común si no existe un tejido social responsable y consciente que se lo exija.

- Situar el problema y su resolución donde corresponde, es decir, en los planos económico y político nacional e internacional : En este sentido la Santa Sede ha publicado recientemente ( www.zenit.org 24-11-2008) una “Nota sobre finanzas y desarrollo” elaborada por el Consejo Pontificio “Justicia y Paz” y aprobada por la Secretaría de Estado que contiene orientaciones y propuestas interesantes.

CONCLUSIÓN :

Siguiendo la reflexión de un amigo marianista muy lúcido en el terreno de las actitudes cristianas ante la realidad económica –José Eizaguirre- creo que el texto de la carta a Tito que leeremos esta próxima Nochebuena constituye un magnífico programa en positivo para situarnos como cristianos ante la crisis: “Ha aparecido la salvación de Dios enseñándonos a llevar una vida sobria , honrada y religiosa ” (Tito, 2 / 11-12). Son tres buenas actitudes, contrapuestas a los pecados “capital...istas” que hemos descrito antes, para vivir en cristiano estos momentos:

- Una “vida sobria”, o como dice el libro de Los Proverbios : “ Dos cosas te he pedido, no me las niegues antes de mi muerte: aleja de mi la falsedad y la mentira; no me des pobreza ni riqueza, asígname mi ración de pan; pues, si estoy saciado, podría renegar de ti y decir, “¿Quién es Yahvé?”, y si estoy necesitado, podría robar y ofender el nombre de mi Dios” (Pr 30, 7-9)”, contentándonos con utilizar los recursos suficientes para vivir con dignidad.

- Una “vida honrada” en el ámbito de lo económico, no con trampas, con atajos, con especulación, sin querer ser los más “listillos”, fomentando el trabajo bien hecho, la solidaridad en el mundo laboral, el cumplimiento de los deberes tributarios, etc.

- Una “vida religiosa”. Esto es, adoptar una orientación global de la existencia que, frente al bienestar como único horizonte que hoy predomina en nuestra sociedad, coloque el fundamento radical de la vida en Dios – su origen y meta- y centre nuestras ilusiones y energías en buscar el Reino de Dios y su justicia.

Esta serenidad de buscar una vida sobria, honrada y religiosa nos puede ayudar, incluso psicológicamente, a caminar con dignidad por esta situación de crisis. Los mismos economistas piensan que, si bien ésta es real y seria, se está creando una ambiente de depresión, (correspondiente, por otra parte, a la sensación de euforia anterior), que está por encima de lo que los mismos datos económicos objetivos detectan, y que puede dificultar la misma salida económica de la crisis, por la desconfianza y retracción que puede originar a la hora de invertir o crear nuevas iniciativas.

Con todo querría terminar esta exposición con un par de frases. La primera, muy conocida, es de Ghandi; la segunda, de un tío mío –Jesús Serrano- al que aprecio mucho. Ambas apuntan a un “pecado original” que daña una y otra vez el dinamismo habitual de la economía y del que los seres humanos somos casi incapaces de convertirnos: